Origen y transformaciones de una fiesta popular que atravesó siglos, culturas y prohibiciones.
Daniel Balmaceda

El carnaval es una celebración ancestral que, desde las saturnales romanas hasta los corsos actuales, funciona como un paréntesis donde se suspenden jerarquías y se habilita la fiesta. En la Argentina, la tradición se volvió mestiza, sumando raíces indígenas y afroamericanas que dieron forma a murgas, comparsas y rituales populares. Daniel Balmaceda nos trae en esta oportunidad curiosidades y datos de esta celebración que promueve cultura, despierta las calles y conecta comunidades.

Es tiempo de colores desbordados, máscaras brillantes y cuerpos que danzan entre risas y chorros de agua. Es tiempo de disfraces, bailes, juegos, desfiles de carrozas y comparsas. El carnaval es una fiesta que reúne tradiciones antiguas, prácticas populares y modos de celebración que han atravesado siglos y regiones.

Sus raíces se hunden en antiguas festividades paganas, como las saturnales de la Roma clásica, dedicadas al dios Saturno. Durante esos días se suspendía la actividad judicial, se relajaban las costumbres y el orden social se invertía simbólicamente. Los esclavos podían circular con mayor libertad, compartir la mesa con sus amos e incluso bromear con ellos. Los ciudadanos vestían ropas más sueltas. El juego, la comida abundante y la risa pública eran parte esencial del ritual.

Las saturnales funcionaban como un paréntesis en el calendario: un tiempo excepcional en el que la sociedad se permitía distenderse antes de volver a su cauce habitual. Ese permiso limitado para el desorden, esa ruptura compartida y consentida del orden, es uno de los antecedentes más nítidos del espíritu que, siglos más tarde, daría forma al carnaval.

En la Edad Media, la celebración se incorporó al calendario cristiano como umbral de la Cuaresma, el período de abstinencia que comenzaba con el Miércoles de Ceniza. Los días previos habilitaban una licencia colectiva: comer, bailar, reír, invertir papeles. Durante esas jornadas se toleraban conductas que el resto del año despertaban recelo.

En ese marco, las máscaras y los disfraces adquirieron un protagonismo central. Ocultar la identidad transformaba el clima de la calle. El vecino serio podía volverse un personaje temerario; el tímido se animaba a hablarle a quien jamás se había atrevido a mirar. Ese anonimato lúdico, esa suspensión de las jerarquías cotidianas, hizo que el carnaval reuniera desde temprano a personas de mundos muy distintos.

En la Argentina, el carnaval fue adquiriendo con el tiempo un carácter mestizo. A la matriz cristiana se sumaron aportes de los pueblos nativos —con fuerte presencia quechua en el norte y en las zonas andinas— y, sobre todo, el pulso afroamericano que marcó al litoral. Llegaron el candombe, las comparsas, la murga con su batería de barrio, su canto coral y su teatralidad callejera. Cada comunidad africana —cada “nación”, como se decía entonces— buscaba reunirse, competir, mostrarse. En Buenos Aires, ese universo tuvo una geografía precisa: el barrio de Monserrat, donde los grupos se organizaban y donde el ritmo africano dejó una huella duradera en las celebraciones.

A esa mezcla cultural se sumó un rasgo impensable para el invierno del hemisferio norte, pero muy propio del verano austral: los juegos con agua. Ya en tiempos coloniales se vaciaban cáscaras de huevo, se las llenaba de agua y se sellaban con cera. Así quedaban listas para la batalla callejera. También se usaban jarras, baldes y fuentes. Durante ciertas horas del día, el juego se extendía por la ciudad e involucraba tanto a participantes como a desprevenidos. La fortaleza marcaba el inicio con un cañonazo al mediodía y el final de la licencia con otro disparo a las ocho de la noche.

Los bailes de Monserrat, donde escandalosamente los cuerpos tomaban contacto, sumados a los excesos de la guerra del agua, hicieron que el carnaval transcurriera entre permisos y prohibiciones. En 1770 se ordenó que el festejo se realizara puertas adentro. En 1778, el virrey Cevallos lo prohibió tras ciertos incidentes. Hacia 1800 volvieron las sanciones para quienes arrojaran agua o huevos. En 1836, Juan Manuel de Rosas firmó un decreto minucioso que reglamentaba horarios, proyectiles autorizados, permisos policiales y prohibiciones específicas: no se aceptaban disfraces religiosos, uniformes militares ni —como se decía entonces— “del otro sexo”. Hubo años de censura más dura, como en 1844, y retornos reglamentados después, como en 1854. Las marchas y contramarchas fueron frecuentes y, sin embargo, el festejo persistió, a veces con cambios de forma y de escenario.

Tras décadas de restricciones y controles, el carnaval vivió un nuevo impulso. Poco después de asumir la presidencia, Domingo F. Sarmiento rehabilitó los festejos. A comienzos de marzo de 1869, una peluquería del centro, en la calle Rivadavia, ofrecía caretas de Urquiza, Mitre y del propio Sarmiento. Se vendieron por miles. Y fue el propio presidente quien protagonizó una batalla de agua: viajaba en la carroza presidencial cuando un grupo de jóvenes lo “atacó” por sorpresa. No esperaban que Sarmiento, cubierto con un poncho, respondiera con entusiasmo y se sumara al juego.

Desde entonces, y hasta bien entrado el siglo XX, se multiplicaron las celebraciones: guerras de agua, harina y espuma de jabón; bailes en clubes y en la calle; desfiles de carrozas y comparsas. Belgrano, San Isidro, Adrogué y Mar del Plata tenían corsos muy concurridos. En el centro porteño, los festejos se extendían por varias calles, pero dos arterias se destacaban: Corrientes y Santa Fe, hasta que la flamante avenida de Mayo les robó el protagonismo.

El Tigre Hotel albergaba bailes memorables, al igual que el Teatro Ópera, los clubes barriales y hasta la calle misma. Uno de los carnavales más bravos era el del Teatro Apolo, en la calle Corrientes. Julio Traverso, quien presidió la comisión de festejos durante quince años, recordaba que en cierta oportunidad el comisario Rossi —cansado de las peleas dentro del teatro— tomó dos canastos de una vecina lavandera y ordenó que todos los asistentes dejaran allí sus cuchillos y pistolas. La lavandera no era otra que Berta Gardés, madre de Carlos Gardel. 

A partir de 1936, las autoridades intentaron ordenar el festejo. La avenida de Mayo se reservó para los desfiles. La Costanera Sur, en cambio, se convirtió en territorio exclusivo de los juegos con agua: chapuzones, A lo largo del país, el carnaval siguió caminos distintos según la región. En el litoral se sostuvo con particular fuerza, con grandes celebraciones y un trabajo colectivo que comienza meses antes de la fecha. Gualeguaychú se consolidó como emblema de esa tradición contemporánea, con comparsas majestuosas y trajes elaborados con dedicación artesanal.

Mientras tanto, los corsos barriales mantienen una escena más íntima y vecinal: mujeres cosiendo lentejuelas en la cocina, niños ensayando pasos en la vereda, jóvenes afinando tambores en el patio del club. Durante semanas se construye, ensayo tras ensayo, un universo festivo que estalla en unas pocas noches y que, cada verano, vuelve a empezar.

Ya sea en su versión monumental o doméstica, el carnaval ha sido siempre un momento de encuentro. Reúne músicas, costumbres, comunidades y formas de habitar la calle. Y desde sus orígenes supo mezclar sectores sociales diversos, con esa magia particular de permitir —aunque sea por unos días— una vida menos rígida, más libre, más festiva. y carcajadas al sol del verano porteño.

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