En una conversación amena, descontracturada y llena de datos precisos, Román , 12 años, habla del subte y los trenes como quien repasa recuerdos familiares. Pero lo suyo no es sólo entusiasmo: es conocimiento. Precisión histórica. Detalles técnicos. Pasión sostenida en el tiempo. Para romper el hielo comenzamos con un pequeño ping pong:
E: ¿Cuál es la línea que más te gusta? ¿Y por qué?
R: La que me más me gusta es la línea E porque es la menos usada y tiene mis trenes favoritos, los Alstom metrópolis serie 100
E: Si tuvieras que elegir una estación ¿cuál es la más linda o interesante?
R: Sería San José de la línea E porque en el año 1966 había 2 estaciones San José, una iba a Constitución y la otra en aquel momento hacía Bolívar.
E: ¿Te gusta más viajar en hora pico o qué no haya nadie?
R: Que no haya nadie, es más cómodo
E: Si pudieras viajar en cualquier tren del mundo ¿cuál elegirías?
R: No sé qué tren pero si quiero ir al metro de Madrid
E: Desde el aspecto técnico ¿qué es lo que más te interesa: túneles, la electricidad, las señales, las formaciones?
R: Me interesan más las formaciones
E: SI pudieras diseñar una nueva línea de subte ¿a dónde iría?
R: No diseñaría ninguna línea solo quiero esperar la proyectada línea F
Román no solo recuerda fechas: las dice completas. El 1 de diciembre de 1913 -subraya- se inauguró el primer subte de Latinoamérica.
Todo empezó cuando era muy chico. Su mamá tomaba la Línea B, en la ciudad de Buenos Aires, para ir al centro. Se bajaban en Pasteur: él se quedaba en el jardín de infantes; ella seguía camino al trabajo. Ese trayecto cotidiano sembró algo. “Me gustaban los trenes, pero en 2020 lo dejé. Y en 2023 lo retomé más en serio. Era más grande, podía entender y reflexionar”, cuenta con una naturalidad que sorprende.
Román no solo recuerda fechas: las dice completas. El 1 de diciembre de 1913 -subraya- se inauguró el primer subte de Latinoamérica. Tampoco duda cuando habla de material rodante: sabe que los coches que llegaron en 1994 a la línea B desplazaron a los Toshiba de la línea Urquiza; distingue modelos, series y configuraciones técnicas. Su favorito actual es el Alstom serie 100, que circula en las líneas D y E. Y mientras saca fotos para “guardarlas de recuerdo”, explica que pronto llegarán nuevas formaciones construidas por la empresa china CCR: tendrán catenaria rígida de 1500 volts, aire acondicionado y serán unidades integradas, conectadas internamente, con cuatro puertas por lado por coche.
Habla de gálibos y trochas con la misma soltura con la que otros chicos hablan de fútbol. Explica por qué la línea B es distinta -por su vínculo histórico con el Ferrocarril Urquiza de los hermanos Lacroze- y recuerda que, cuando el Abasto no era shopping sino mercado, existían vías de carga que ingresaban mercaderías al subsuelo porteño. Sabe que Argentina llegó a tener casi 50.000 kilómetros de vías férreas y que hoy funcionan alrededor de 13.000. También sabe que en 1950 el tren a Mar del Plata tardaba tres horas y media, y que hoy el viaje es bastante más largo.
Pero su pasión no termina en la teoría. Román tiene un canal de You Tube (“Román en la Argentina”) y participa en la construcción de una maqueta ferroviaria en escala 1:87. “La maqueta se empieza, pero nunca se termina”, explica. Siempre hay un detalle nuevo para agregar: un colectivo de la línea 64 encontrado en Parque Rivadavia, personajes de Cars mezclados con formaciones históricas, miniaturas pegadas con precisión quirúrgica para que resistan el traslado.
Hay en Román algo más que memoria enciclopédica. Hay una idea de futuro. Cuando le preguntan qué sueña ser, no duda: le gustaría trabajar para Emova y manejar un subte. “Si es que se me da”, agrega, con una mezcla de ilusión y prudencia.
Quizás lo más llamativo no sea todo lo que sabe -que es un montón- sino cómo lo dice: con entusiasmo, sin soberbia, con la convicción de quien encontró en los rieles una forma de mirar el mundo. En tiempos donde la inmediatez manda, Román elige investigar, comparar, recordar. Y mientras el “trencito” da vueltas en la maqueta -87 veces más pequeño que la realidad- él parece recordarnos que el futuro también puede empezar bajo tierra, en un andén cualquiera, de la mano de una curiosidad que no deja de avanzar.