Lisotto reflexiona sobre el Mundial: un evento que une a las personas, construye identidad colectiva y nos hace creer que lo imposible puede suceder.
Pablo Lisotto

Autor invitado

Por Pablo Lisotto (*)

Sirve, en primer lugar, para recordar que el fútbol —ese juego que parece tan simple y que se fue profesionalizando con el correr de las décadas— tiene una capacidad única para condensar emociones colectivas. 

No hay otro evento que, en simultáneo, pueda detener ciudades, alterar rutinas laborales y provocar que millones de personas se abracen con desconocidos por un gol a miles de kilómetros. O que incluso ponga en pausa guerras. Porque eso ocurrirá también cuando en unos días comience a rodar la pelotita. Que en medio del conflicto bélico en Medio Oriente la selección de Irán viaje y compita en Estados Unidos resume el poder supremo que tiene esta competencia casi centenaria.

Un Mundial sirve para construir identidad. Para los países, es una vidriera donde se proyectan símbolos, relatos y hasta publicidad política. La Argentina disputó el Mundial 82 mientras culminaba la Guerra de Malvinas y Alemania Federal se consagró campeón del mundo en Italia 1990, un año después de la caída del Muro de Berlín. Nada ni nadie detiene un Mundial. 

La camiseta deja de ser una prenda deportiva y se transforma en una bandera emocional. Y en ese escenario los jugadores dejan de ser individuos para convertirse en representantes de algo más grande. A veces, alejados del rol de protagonistas que deberían tener y aceptando contextos que los afectan. Si la FIFA programa partidos al mediodía deben jugar al mediodía. Si hace mucho calor, todo se resuelve con el cooling break (pausa de hidratación). Si hay riesgo de tormentas eléctricas, a esperar el tiempo que haga falta para jugar cuando se alejen los rayos. No hay espacio para reclamos. Ni de los futbolistas ni de los hinchas, que pagan cifras astronómicas para ser parte de la fiesta, cada vez menos popular.

También funciona como un gigantesco amplificador de historias. No todo pasa solamente por los campeones. El Mundial sirve para que aparezcan protagonistas y relatos mínimos que, en otro contexto, quedarían invisibles: el equipo que llega por primera vez (en este caso se destaca Curazao, el país más pequeño y con menos población de la historia de los Mundiales), la figura inesperada (Roger Milla, en Italia 90), el jeque kuwaití que en 1982 anuló un gol lícito de Francia, el equipo marplatense (Kimberley) que le prestó sus camisetas a los galos para disputar un partido contra Hungría en el Mundial 78, el resultado imposible (Estados Unidos 1 – Inglaterra 0, en Brasil 1950), el Maracanazo de Uruguay, en ese mismo Mundial de 1950, y tantos más. Narrativas que construyen memoria colectiva y que, con el tiempo, se vuelven parte del folklore del deporte.

Desde lo social, el Mundial es un punto de encuentro. Genera rituales compartidos e incluso le abre la puerta a aquellas personas que no suelen sentirse atraídas por el fútbol. Por eso es normal que los partidos se vean en familia, o con amigos, en bares o en la calle. Sirve para reforzar vínculos, para crear otros nuevos y, en muchos casos, para suspender —aunque sea por un rato— las diferencias. Hay que bucear en la historia argentina para recordar un momento donde todos estuvimos tan unidos como el 18 y 19 de diciembre de 2022, las horas posteriores a la consagración albiceleste en el estadio Lusail, de Doha, Qatar. Durante un Mundial el foco se reduce a una pelota que entra o no.

Las empresas invierten cifras millonarias para asociarse a esa emoción global. Y la industria del fútbol, en su conjunto, se redefine a partir de lo que sucede en ese mes: transferencias, valorización de jugadores y tendencias tácticas, además del impacto emocional (como por ejemplo la inolvidable “Notti Magiche”, ese himno que fue la canción oficial de Italia 90) .

Hay, además, una dimensión simbólica difícil de medir. El Mundial sirve para generar recuerdos imborrables. Cada generación tiene el suyo: el primer gol que gritó (el mío fue el primero de Maradona en Mundiales, en un 4 a 1 a Hungría en España 82), la eliminación que dolió (me partió el alma ver a Diego llorando luego del 0-1 contra Alemania en Italia 90 y después del “Me cortaron las piernas”, del 94), la final que no se olvida (ninguna igual a la de Qatar 2022), lo que estaba haciendo cuando Daniel Passarella en 1978, Diego Maradona en 1986 o Lionel Messi en 2022 levantaron esa copa de oro tan deseada. 

Esos momentos se incrustan en la memoria personal y colectiva, y terminan siendo puntos de referencia en la vida de las personas. Soy de los que enarbolan la bandera que dice: “La vida es eso que pasa entre Mundial y Mundial”. Así se titula el prólogo de mi libro “La Gran historia de los Mundiales”, que publicó Penguin Random House y en el que recorremos cada edición en un formato adaptado para que cualquier persona que sepa leer pueda sumergirse en esta competencia maravillosa. Con el plus de que a diferencia de cualquier otro texto, cuya lectura es individual, aquí lo divertido es leerlo en familia. Y que todos aporten su experiencia personal de cada Mundial vivido. Además de utilizar como excusa este gran evento deportivo para que los más pequeños se acerquen al maravilloso mundo de la lectura y el deporte.

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