Por Daniel Balmaceda (*)
Habitamos edificios, transitamos calles y atravesamos puentes construidos por ingenieros, arquitectos y obreros. Pero, sin advertirlo, también vivimos rodeados de palabras levantadas con piedra, cal, andamios y herramientas.
Este recorrido propone asomarse al vocabulario de la construcción, la arquitectura y la ingeniería, no con el rigor de la filología académica sino con un propósito más modesto y, acaso, igual de apasionante: mostrar el origen de términos que usamos a diario sin detenernos a pensar de dónde vienen. Porque, igual que ocurre con los grandes edificios, detrás de cada palabra suele haber una historia de invención, trabajo y transformación.
I. La acción de construir
Obra
La palabra “obra” proviene del latín opera y nació para nombrar el trabajo realizado y, sobre todo, su fruto. Durante siglos llamamos “obra” a cualquier creación humana: un puente, un edificio, una pintura, un libro. En todos los casos, el término remitía a un resultado final, a algo ya terminado.
El uso cotidiano, sin embargo, le dio un giro curioso. En el mundo de la construcción se simplificó la frase “obra en construcción” hasta dejarla en “obra”, y así hoy decimos con naturalidad “la casa está en obra”. Al hacerlo, invertimos el significado original: dejamos de nombrar el producto terminado y empezamos a nombrar el proceso. Cuando un edificio “está en obra” no pensamos en el inmueble acabado sino en los andamios y el trabajo en marcha —un mismo vocablo que contiene tanto el esfuerzo de crear como el resultado final.
Edificio y edificar
“Edificar” nació de la unión de dos voces latinas: aedes (casa, hogar o templo) y facere (hacer). El “edificio” fue entonces aquello levantado para servir de morada o refugio. Más tarde el verbo trascendió lo material y pasó a usarse en sentido moral: todavía hablamos de “edificar el carácter” o “edificar una comunidad”, como si las personas se construyeran con la misma paciencia que un muro.
Construir
El verbo “construir” procede del latín construere, formado por con- (junto) y struere (amontonar, disponer). Su sentido original no era acumular materiales sino organizarlos con un fin: construir implica siempre un orden y un proyecto.
La familia de struere es extensa y reveladora. “Destruir” es deshacer lo construido; “obstruir”, levantar un obstáculo; “instruir” significó originalmente disponer conocimientos en la mente de una persona. A la misma raíz pertenecen “estructura” —lo ordenado y dispuesto— e “instrumento” —el medio que permite realizar una acción—. Quizá por eso seguimos construyendo no solo edificios, sino también argumentos, instituciones y nuestra propia comprensión del mundo.
Herramienta
Si “instrumento” remite a la piedra ordenada de struere, “herramienta” apunta a otro material fundacional de la obra: el hierro. La palabra proviene del latín vulgar ferramenta, plural de ferramentum, formado sobre ferrum, hierro. En su origen nombraba, en conjunto, los objetos de hierro que un trabajador necesitaba para su oficio: no un martillo o un destornillador en particular, sino la categoría entera de utensilios metálicos que hacían posible transformar la materia.
Esa vocación de palabra genérica sobrevivió intacta. Todavía hoy “herramienta” sirve para nombrar cualquier objeto que ayuda a realizar una tarea, sea un martillo, un programa de computación o un argumento en una discusión. El hierro desapareció de buena parte de los objetos que designa, pero la palabra conservó su función original: nombrar aquello que multiplica la capacidad de la mano.
II. Los que construyen: oficios y jerarquías
Arquitecto e ingeniero
“Arquitecto” procede del griego arkhitéktōn, formado por arkhós (jefe) y tékton (constructor). El arquitecto fue, literalmente, el “constructor en jefe”, responsable de concebir y dirigir la obra.
“Ingeniero”, en cambio, debe su nombre al latín ingenium: talento, capacidad inventiva. Antes de nombrar una profesión, el término describía una cualidad intelectual; los primeros ingenieros fueron hombres capaces de idear máquinas, fortificaciones y puentes. De ahí que “ingenio”, “ingenioso” e “ingeniería” sigan perteneciendo a la misma familia.
La relación entre ambas palabras es reveladora: una pone el acento en la conducción de la obra; la otra, en la imaginación para resolver problemas. La historia de la construcción es, en el fondo, la historia de dos habilidades inseparables: concebir y hacer posible.
Albañil
“Albañil” llegó al español a través del árabe hispánico al-bannā’, que significa simplemente “el constructor”. El artículo árabe al quedó incorporado al vocablo, como sucedió con tantas otras palabras vinculadas con la técnica y los oficios. Para quienes la acuñaron, el albañil no era un especialista entre otros: era, sencillamente, el hombre que construía.
Capataz
“Cabo”, “capitán”, “capo” y “capataz” comparten un ancestro: el latín caput, cabeza. Se trata siempre de quien ocupa el lugar principal y dirige a otros. El capataz fue, desde su origen, quien encabezaba un grupo de trabajadores; aunque los métodos constructivos hayan cambiado por completo, la palabra sigue expresando la misma idea de mando y responsabilidad.
Peón, peatón y pionero
Los romanos llamaban pedites a los soldados de infantería: los que combatían a pie. De esa raíz, a través del francés medieval pion, nacieron dos palabras españolas que hoy parecen no tener relación alguna: “peatón”, quien se desplaza caminando, y “peón”, el trabajador manual. Así surgieron el peón rural, el industrial y, naturalmente, el peón de obra: una voz nacida en el ámbito militar terminó designando a uno de los trabajadores más comunes de cualquier construcción.
La historia no se detuvo ahí. En la Francia medieval apareció el pionnier, especialización del antiguo pion encargada de abrir caminos, tender puentes y preparar el terreno para el avance de las tropas. Los ingleses adoptaron el término como pioneer, y el español lo incorporó como “pionero”. El pionero moderno —el científico, el explorador, el innovador— desciende, lingüísticamente, de un soldado que cavaba zanjas para que otros pudieran avanzar.
La expresión una de cal y una de arena nació, literalmente, en una obra en construcción: la mezcla de cal y arena fue durante siglos una de las tareas más habituales de albañiles. En su sentido original aludía a combinar dos materiales de valor distinto —la cal, costosa y apreciada; la arena, abundante y barata—, de donde surgió la idea de alternar algo favorable con algo menos favorable
III. Materiales y técnicas
Cimiento y fundamento
“Cimiento” procede del latín caementum, la piedra partida usada en las bases de una construcción. Desde la Antigüedad representó mucho más que una solución técnica: era la garantía de estabilidad de toda obra.
La misma idea dio origen a una de las metáforas más duraderas de la lengua. Del latín fundamentum surgió “fundamento”, que aludía originalmente a la base material de un edificio. La experiencia humana enseñó pronto que no solo los edificios necesitaban bases firmes: también las leyes, las teorías y los razonamientos requerían apoyarse sobre principios sólidos. El lenguaje realizó entonces uno de sus desplazamientos más certeros y tomó una palabra de la arquitectura para convertirla en herramienta del pensamiento. Todavía hoy, cuando decimos que una teoría carece de fundamento o que un argumento está bien fundamentado, seguimos imaginando las ideas como si fueran edificios.
Mampostería y machimbre
La expresión “mampuesto” remite, literalmente, a lo “puesto con la mano”: en tiempos en que gran parte de las construcciones se levantaban colocando piedras y ladrillos a mano, el término distinguía los materiales que podían manipularse directamente. De la misma raíz nacieron “mampostero” y “mampostería”, que aún designan una de las técnicas constructivas más antiguas de la humanidad.
Los sistemas de unión también dejan huella en el idioma. El “machimbre” o “machihembrado” debe su nombre a la forma en que se ensamblan sus piezas: una presenta una saliente —el macho— y la otra una ranura —la hembra—. La sencillez descriptiva de la denominación explica por qué sobrevivió durante siglos: aun sin conocer su origen, cualquiera intuye el principio que describe.
Mampara y desván
Aunque hoy asociamos la mampara con un simple divisor de ambientes, su origen es militar. El antiguo verbo “mamparar” significaba levantar una defensa protectora, generalmente con escudos. La palabra sobrevivió y conservó su función esencial: separar o resguardar un espacio de otro.
“Vano” procede del latín vanus, vacío o hueco, y en arquitectura nombró las aberturas de una construcción: puertas, ventanas, espacios libres. Menos conocida es la historia de “desván”: existió el verbo “desvanar”, llenar un espacio vacío. El verbo desapareció, pero el sustantivo sobrevivió para nombrar el lugar donde se guardan objetos disponibles en una vivienda —paradójicamente, el desván actual suele asociarse justo con lo que permanece acumulado y olvidado.
Andamio y andarivel
El origen de “andamio” remite a una idea muy concreta: caminar. La palabra pertenece a la misma familia que “andar” y “andarivel”, todas relacionadas con el desplazamiento.
“Andarivel” llegó del italiano y designó primero un par de cabos fijados en sus extremos, usados en las embarcaciones para facilitar maniobras sobre cubierta. Luego nombró los mecanismos tendidos con cables o cuerdas para atravesar ríos y barrancos; en el deporte terminó siendo la senda delimitada por cuerdas que debe seguir un nadador o un atleta. Pese al cambio de contexto, la palabra conserva intacto su sentido original: un camino establecido para el desplazamiento.
El “andamio” nació de esa misma necesidad: una estructura provisional que permite andar donde todavía no hay suelo definitivo. La etimología guarda así el recuerdo de una condición elemental de toda construcción: hace falta crear primero un camino para poder construir después.
IV. Palabras que se fueron de la obra
Proyecto
Pocas palabras parecen más alejadas entre sí que un proyectil y un proyecto —una del ámbito militar, la otra de la arquitectura y la planificación— y sin embargo ambas nacieron de la misma idea: el latín proicere, formado por pro (hacia adelante) e iacere (arrojar). Un proyectil fue cualquier objeto lanzado con fuerza hacia adelante; el término quedó luego asociado a las armas.
“Proyecto” tomó otro rumbo y designó, en sentido figurado, una idea o un plan destinado a realizarse en el futuro. Antes de existir sobre el papel o de convertirse en una obra concreta, todo proyecto es, en esencia, algo que alguien arroja hacia el porvenir.
Plataforma
A mediados del siglo XVI, los franceses buscaban mejorar la puntería de sus cañones. Entre las soluciones ensayadas, empezaron a apoyarlos sobre superficies planas y estables, bautizadas plate-forme: “forma plana”. Los ingleses adoptaron el término como platform.
Aquellas bases dejaron pronto la artillería para servir de apoyo a máquinas, mercancías y personas. Hacia el siglo XVIII, “plataforma” empezó a nombrar el lugar elevado desde donde un orador se dirigía al público, y los programas defendidos desde esas estructuras heredaron el mismo nombre. Cada vez que un partido presenta su plataforma electoral está usando una palabra nacida para afinar la puntería de los cañones.
Infraestructura
“Infraestructura” está formada por dos voces latinas: infra, debajo, y structura, construcción. En su origen designaba lo que permanecía oculto bajo una obra principal para sostenerla. Con la ingeniería moderna, el concepto se amplió hasta abarcar el conjunto de obras que hacen posible el funcionamiento de una ciudad —caminos, puentes, puertos, redes energéticas—. La evolución resulta sugestiva: cuanto más importante es una infraestructura, menos visible suele ser para quienes dependen de ella. Algo parecido ocurre con los fundamentos de una sociedad: solo advertimos su peso cuando empiezan a fallar.
Canal
“Canal” procede del latín canalis, conducto para el transporte de líquidos. Desde la Antigüedad, construir canales fue una de las mayores demostraciones del poder transformador de la ingeniería, capaz de modificar geografías enteras. El lenguaje tomó esa idea —conducir el agua por un trayecto determinado— y la aplicó a otros terrenos de la experiencia: hoy canalizamos recursos, energías, conflictos y emociones, usando una obra hidráulica para explicar el funcionamiento de nuestras propias vidas.
Desplomarse
La plomada es una herramienta tan sencilla como eficaz: un peso suspendido de una cuerda que, guiado por la gravedad, marca la línea vertical perfecta. Albañiles y constructores la usaron durante siglos para asegurarse de que un muro no se desviara de su eje.
De allí nació el verbo “desplomar”: una pared se desplomaba cuando abandonaba esa línea y caía. Andando el tiempo, el verbo extendió su alcance a cualquier derrumbe: hoy se desploman los edificios, pero también las bolsas, los gobiernos y hasta el ánimo de una persona. Seguimos explicando nuestras crisis con el lenguaje de la construcción.
Sin embargo
La historia de “embargar” empieza con una acción concreta: levantar un obstáculo. En español antiguo existió “embarricar”, apilar barricas o maderos para impedir el paso; de esa idea surgió “embargar”, que en sus orígenes consistía en amontonar y exhibir públicamente los bienes retenidos a un deudor.
La misma familia dio origen a una de las expresiones más frecuentes del idioma: “sin embargo” significó, literalmente, “sin obstáculo”. Con los siglos perdió su sentido material y se volvió conjunción adversativa. Cada vez que la usamos evocamos, sin saberlo, una antigua barricada.
V. Curiosidades del vocabulario constructivo
Tribuna y podio
La tradición romana sostenía que Rómulo había dividido Roma en tres tribus. Sea o no exacto el relato, la familia de palabras que originó fue fecunda: el representante político de una tribu se llamó “tribuno”; el conjunto de tribunos dio “tribunal”; y la plataforma elevada desde la que el tribuno se dirigía al pueblo se llamó “tribuna”. Cada vez que ocupamos una tribuna en un estadio usamos una palabra nacida para nombrar el lugar desde donde un magistrado romano hablaba a sus conciudadanos.
Algo similar ocurrió con “podio”: del griego podós, pie, nombró la plataforma sobre la que permanecían de pie quienes ocupaban un lugar destacado. La palabra sigue evocando elevación y jerarquía.
Mosaico
“Mosaico” tiene un origen inesperadamente poético: procede del latín musa, la misma raíz de “música” y “museo”, los antiguos lugares dedicados a las musas. Los pisos y muros de esos edificios solían decorarse con piezas de piedra, cerámica o vidrio dispuestas en composiciones complejas, y por su presencia habitual en aquellos espacios recibieron el nombre de “mosaicos”. Cada vez que admiramos uno estamos contemplando una palabra nacida de la unión entre la arquitectura y el arte.
Emparedado
La costumbre de colocar alimentos entre dos piezas de pan es antiquísima, pero el español eligió una metáfora arquitectónica para nombrarla: el emparedado es, literalmente, lo que está entre dos paredes. Mientras el inglés adoptó el apellido del conde de Sandwich, el español prefirió conservar la imagen constructiva: una comida protegida entre dos muros de pan.
Silueta
Pocas palabras tienen una historia tan curiosa. Nace de Étienne de Silhouette, ministro de Finanzas de Francia en 1759, que ante una grave crisis económica impulsó un severo programa de austeridad. Entre las medidas más impopulares figuró un impuesto sobre puertas y ventanas, consideradas entonces signo de riqueza.
La resistencia fue inmediata: el apellido Silhouette empezó a usarse con burla para nombrar todo lo reducido o incompleto. Por esos años se puso de moda proyectar la sombra de una persona sobre una superficie y recortar el contorno resultante; aquellas figuras, reducidas a un simple perfil, encajaban perfectamente con la idea de algo esbozado. Así nació “silueta”, palabra que sobrevivió a su desafortunado creador: el hombre que intentó medir la riqueza por sus puertas y ventanas terminó dando nombre a los contornos con que percibimos las formas.
Defenestrar
“Defenestrar” es uno de los casos más sorprendentes del vocabulario político. Procede del latín fenestra, ventana —raíz que sobrevivió en el francés fenêtre y el italiano finestra—; el prefijo de- aporta la idea de expulsión. Defenestrar significó, en consecuencia, algo muy concreto: arrojar a alguien por una ventana.
La historia convirtió esa acción en un episodio político. La primera gran defenestración ocurrió en Praga en 1419, cuando un grupo de husitas, indignados por la persecución religiosa, irrumpió en el ayuntamiento y lanzó por una ventana a siete consejeros del rey. El episodio fue tan impactante que la palabra se incorporó a varias lenguas europeas y, ya alejada de la violencia física, ingresó en la vida política y empresarial: hoy, cuando decimos que un funcionario fue “defenestrado”, rara vez hay una ventana de por medio, aunque la palabra siga evocando esa antigua costumbre de resolver disputas de poder de manera expeditiva.
VI. Cuando las obras se volvieron frases
Construir castillos en el aire
Pocas expresiones describen mejor los proyectos irrealizables. Su antecedente aparece en Francia, donde circuló faire des châteaux en Espagne —”hacer castillos en España”—, fórmula que aludía a un territorio percibido como escenario de aventuras y fantasías novelescas. Los italianos la adoptaron casi literalmente: fare castelli in Spagna.
El español hizo una modificación brillante: los castillos dejaron el país lejano y pasaron a edificarse directamente en el aire. El resultado fue una imagen más potente todavía —una construcción sin terreno, sin cimientos y sin posibilidad de sostenerse—. Cada vez que hablamos de construir castillos en el aire seguimos usando una de las metáforas arquitectónicas más eficaces jamás creadas.
Dar una de cal y otra de arena
Esta expresión nació, literalmente, en una obra en construcción: la mezcla de cal y arena fue durante siglos una de las tareas más habituales de albañiles y constructores. En su sentido original aludía a combinar dos materiales de valor distinto —la cal, costosa y apreciada; la arena, abundante y barata—, de donde surgió la idea de alternar algo favorable con algo menos favorable.
Existió una segunda fórmula, hoy casi olvidada, que completaba el sentido de la primera: “una de cal y otra de arena hacen la mezcla buena”. Recordaba que ninguna construcción se sostiene solo con materiales nobles ni solo con materiales comunes: la verdadera fortaleza depende de la combinación adecuada entre ambos. Quizá esa enseñanza de los constructores siga siendo válida fuera de las obras, porque gran parte de las cosas duraderas —los edificios, las instituciones, las vidas humanas— se levantan con una sabia mezcla de elementos diversos.
(*) Historiador y novelista. Lleva publicados más de 20 libros, entre ellos títulos como Historias inesperadas de la historia argentina, Belgrano, Romances turbulentos de la historia argentina, Estrellas del pasado y La comida en la historia argentina, además de su biografía sobre Sarmiento y su primera novela, El crimen de Año Nuevo.