Cuando un proyecto minero se decide, uno de los primeros desafíos no tiene nada que ver con la extracción del mineral: sino dónde y cómo van a vivir miles de personas en medio de una montaña, una cordillera o un área poco explorada.
Las estructuras mineras se clasifican como infraestructura de proceso cuando intervienen directamente en la extracción y el tratamiento de minerales. Las estructuras mineras que no intervienen en el proceso de extracción del mineral, pero que son esenciales para el funcionamiento de la mina, se denominan infraestructura ajena al proceso. Históricamente, las estructuras de acero de estas instalaciones se fabricaban en centros regionales y se transportaban como componentes individuales o “piezas sueltas” hasta el emplazamiento de la mina. Cada pieza suelta requiere mano de obra y el uso de grúas para montar las estructuras construidas a partir de piezas sueltas, lo que se traduce en un número considerable de horas de trabajo in situ para el montaje de las estructuras.
Un nuevo megaproyecto de cobre en San Juan puso otra vez el foco sobre un fenómeno que crece en toda la minería latinoamericana: la construcción modular como solución casi obligada para poblar terrenos donde la construcción tradicional simplemente no es viable.
Un campamento que crece por etapas
El caso ilustra bien la lógica del sector. La primera etapa del complejo habitacional contempla capacidad para 2.500 personas, aunque por los sistemas de trabajo rotativos típicos de la minería —turnos que se relevan cada cierta cantidad de días— se estima una circulación de entre 3.500 y 5.000 trabajadores. Si el proyecto alcanza su techo operativo, la demanda podría llegar a 12.000 personas y el campamento debería ampliarse hasta unas 6.000 plazas. Módulos habitacionales, oficinas, comedores, restaurantes y espacios de servicios, todo pensado para instalarse rápido y, si hace falta, reconfigurarse.
Esta lógica de “campamento que respira” —que crece y se achica según la etapa del proyecto— es exactamente lo que describen los especialistas del sector como una de las grandes ventajas de lo modular frente a la obra tradicional: se puede desmontar, ampliar o trasladar según cambien las necesidades, algo clave en una industria donde los yacimientos tienen ciclos de vida definidos.
Por qué la montaña “elige” lo modular
La construcción modular no es una preferencia estética: en alta montaña es, en gran medida, una necesidad técnica. Fabricar fuera del sitio y ensamblar en pocas semanas reduce drásticamente el tiempo en el que hay que sostener logística, alimentación y seguros para grandes dotaciones de personal en zonas remotas. Además, al ser estructuras más livianas, demandan menos excavación y menos concreto en la base —un ítem muy costoso de transportar a terrenos de altura—, y permiten avanzar sobre suelos sísmicos con estructuras de acero de alta resistencia diseñadas para resistir viento y movimiento telúrico.
Hay también un componente de retención de talento que suele quedar afuera del debate técnico: en regímenes de trabajo intensivos, el confort del campamento —aislamiento acústico para el descanso de los turnos rotativos, conectividad, espacios recreativos— impacta directamente en la productividad y en la rotación de personal.
Una tendencia que no para de crecer
Lo que pasa en la cordillera argentina no es un caso aislado. El mercado global de construcción modular y prefabricada viene creciendo a tasas sostenidas, empujado por la necesidad de acelerar proyectos, reducir desperdicio de materiales y responder a entornos cada vez más exigentes: minería a gran altitud, zonas desérticas, climas extremos.
Los sistemas prefabricados volumétricos presentan comportamientos en cuanto a resistencia y aptitud para el servicio que son muy sensibles a las cargas inducidas durante la elevación, la manipulación y el transporte. Esta sensibilidad se debe a que los módulos volumétricos se transportan y se montan como unidades estructurales totalmente tridimensionales, lo que exige que el módulo resista acciones temporales significativas, entre ellas la flexión global, la torsión y las concentraciones locales de tensiones que pueden no ser determinantes en las condiciones de diseño en servicio.
Esta tendencia además viene de la mano de otras transformaciones: el uso de modelado digital (BIM) para anticipar errores antes de fabricar, la incorporación de energías renovables y sistemas de reutilización de agua dentro de los propios campamentos, y una lógica de “activo móvil” que permite reubicar o revender los módulos cuando cambia la fase del proyecto.
La construcción modular llegó para quedarse y la provincia de San Juan se perfila como uno de los principales polos mineros de Sudamérica con una proyección de exportación de 400.000 toneladas de cobre anuales durante un cuarto de siglo.
Fuente: MPDI https://www.mdpi.com/2075-5309/16/9/1675