Jorge Fiori, Gerente de Nuevos Negocios de Benito Roggio e Hijos S.A., visitó el sitio de homenaje a los rugbiers uruguayos que se accidentaron en la Cordillera de Los Andes, en 1972. como tributo para rezar por la recuperación de su hijo Bautista. Fueron cinco días intensos, únicos, llenos de color y calor humano. Aquí comparte sus emociones.
Jorge es papá de Santino y Bauti y un hombre de fe. Como una persona conmovida por la vida de sus hijos Fiori sintió que debía hacer esa travesía hacia la mítica montaña donde se habían accidentado aquellos uruguayos que viajaban en un avión en 1972 hacia Chile y vivieron un reto mayúsculo, pendulando entre la vida y la muerte.
Por Bauti (afectado por un síndrome llamado 22.Q.11 y que presenta anomalías), Jorge sentía que su plegaria debía ser en ese espacio. Quería rezar que su niño superara algunos problemas de salud: lo había pedido tantas veces, que sabía las oraciones de memoria.
Entre el hielo y la nieve
En el mes de febrero de 2025, Jorge Fiori pudo visitar la Cordillera de los Andes y el monumento que rinde un homenaje a los muchachos que viajaban desde Montevideo hacia territorio chileno. El avión, un Focker F27 rentado a la Fuerza Aérea de Uruguay, transportaba a cinco tripulantes y 40 pasajeros, incluidos 19 miembros del equipo de rugby Old Christians Club, junto con algunos familiares, simpatizantes y amigos. Por un error de navegación, la aeronave se estrelló contra el filo de unos cerros, a casi 4.000 metros de altura, en jurisdicción de Malargüe, Mendoza, a 1.200 metros de la frontera con Chile.
Por el impacto murieron 13 personas; otras cuatro personas lo hicieron durante la primera noche como consecuencia de las heridas y las gélidas temperaturas. En las semanas posteriores, fallecieron doce más: los 16 sobrevivientes sufrieron congelación, sed y hambre. Pero no se rindieron.
Viaje de ida
La historia de la tragedia o el milagro de los Andes es una historia de supervivencia. Los uruguayos pasaron 72 días en la montaña, al límite de sus posibilidades físicas, y en algún momento los pasajeros Antonio Vizintín, Roberto Canessa y Nando Parrado comprendieron que debían salir de allí para encontrar ayuda; era la única posibilidad que les quedaba antes de morir
Finalmente, entre el 22 y 23 de diciembre de 1972, los 16 sobrevivientes fueron rescatados. La decisión de alimentarse de los cuerpos de los fallecidos para sobrevivir y ofrecer las últimas energías para buscar auxilio, marcaron un hito en esta historia de resistencia.
Punto de partida
Jorge Fiori se preparó durante casi un año . Además de entrenarse todos los días a las 5 de la mañana, con caminatas extenuantes alternadas con subidas y bajadas para recrear lo que le esperaba allá arriba, fue imaginando que, en su mochila y a la hora de la verdad, no podrían faltar fuerza, convicciones y las sonrisas de Santino y Bautista. Sus piernas podían fallarle, pero con semejante combustible ¿quién sería capaz de rendirse?
¿Qué te llevó a embarcarte a este viaje?
JF: Es un cúmulo de cosas. Conocía la historia inicialmente porque jugué al rugby (clubes de Argentina, España y Francia) y me conmovió lo que fueron capaces de hacer esos muchachos. Más en esa época. Fue un reto personal y la necesidad de ofrecer una plegaria por “Bauti”, por temas relacionados con su salud. Consideré que debía ser ahí donde pidiera por su recuperación.
¿Qué se siente llegar?
JF: Es imponente. Emoción, alivio, satisfacción, mucho cansancio… y es inevitable que se escapen unas lágrimas. Me temblaba todo.
¿Fue más difícil de lo que creías?
JF: Sí, mucho. Cuesta llegar, más allá del esfuerzo físico. No imaginé que fuera tan difícil. Hay una cuestión mental, la capacidad de adaptarse a la falta de oxígeno, la temperatura, cruzar varios ríos. El último tramo es en zigzag, un ascenso de 800 metros de altura. Es como escalar una pared. Pero ves la cruz y te desarmás de la emoción. Para llegar fueron tres días de caminatas de hasta 14 horas cada uno.
“Muchos van en caballos, en una expedición que hace el mismo recorrido, pero en condiciones menos exigentes en lo físico. En mi caso, y otras tres personas, elegimos hacerlo caminando. Los ríos te desgastan: hay que cruzar cuatro. Tienen agua helada, correntada fuerte, te mojás entero y debés cambiarte la ropa”.
Fiori recuerda que llevó el cargador del celular y se ríe ¿Para qué? Los organizadores se movilizaban en mulas y estaban a cargo de llevar las bolsas de dormir, las carpas y los elementos para preparar la comida, pero cada uno iba con sus propias cosas. En su caso, un par de mudas de ropa, frutos secos, frutas. Con el agua no había problemas: nada de llevar cosas descartables, sino que tenían botellas y las cargaban en los ríos y manantiales. A nadie se le ocurrió tirar basura.
“El primer día, mojado, cansado, con frío y dificultad para respirar, me pregunté ¿qué hago acá? A un compañero de la excursión lo bajaron porque se descompuso. Fui y soy deportista; sin embargo, me costó mucho esfuerzo completar el recorrido”. “No pasa solo por la resistencia, sino por la claridad de objetivos. La preparación mental es fundamental. Empiezan a doler las piernas, la espalda, la mochila se vuelve pesada e incómoda. Te falta el aire, hace frío, hace calor”
Como un reto personal y la necesidad de ofrecer una plegaria por la salud de “Bauti”, su hijo, Jorge llegó al lugar dónde los milagros suceden.
Llegar al monumento
Con los músculos desarmados y el cuerpo acusando dos noches durmiendo lejos de la cama de todos los días, llega el momento soñado. Los restos del avión están reunidos en un lugar cercano a donde fue el destino final, luego del accidente: hay plaquetas, cruces, cadenitas, algunos carteles. Es un espacio simbólico. También hay un mausoleo, con los nombres de todos los héroes, una virgen, algunas ofrendas.
Jorge Fiori quiso disfrutar cada postal, en esa inmensidad de belleza interminable que implicaba una carga gigante en lo emocional. Los pulmones fueron llenándose del frío aire andino y fue midiendo cada paso, cada latido, porque después de tanto esfuerzo, el objetivo estaba ahí Fue el último del grupo en llegar ya que así lo prefirió: sus compañeros, conmovidos y protagonistas cada uno de su propia historia, le hicieron un “pasillo” que emocionó a todos.
“Estuve un día ahí. Me quedé a pasar la noche, mientras gran parte del grupo permaneció un rato y volvió al campamento que estaba más abajo. Estaba muy emocionado, entre tanto paisaje imponente y las referencias de lo que fue la odisea de esos muchachos”.
Jorge Fiori dice que la cabeza se le llenó de pensamientos y agradecimiento por la oportunidad de haber llegado. También, valorar todo lo que tiene: la comida, la ropa, los afectos, las necesidades cubiertas. Le generó mucha admiración lo que se vivió hace tanto tiempo.
“Me sirve todo para aplicar a la vida diaria. Fue aprendizaje puro. A nivel laboral también porque hay que esforzarse para cumplir los objetivos y superar los obstáculos. Debemos prepararnos mentalmente. Tener disciplina, ser solidarios y darle valor a lo que tenemos”.
“Llegar a la cruz fue único y se me escaparon unas lágrimas. Sentí paz, alivio, satisfacción, mucha emoción. Me arrodillé y pedí por mi hijo, para que ´Bauti’ saliera adelante. Fue un momento muy especial para mí y mi familia”.
“Necesitaba estar ahí, donde suceden los milagros”. Lo firma Jorge Fiori, Gerente de Nuevos Negocios, papá de Bauti y Santino. El hombre movido por las emociones, que quiso tocar el cielo con las manos para bajarle una estrella a su hijo Bautista.