En la ciudad que todo lo discute —desde los decks sobre la calle hasta las bicisendas—, hay un ornamento que se impuso sin pedir permiso: el Obelisco. Solitario y altivo, marca el centro simbólico del sentimiento porteño. Lo vemos tantas veces que dejamos de verlo, pero su historia merece una segunda mirada. Porque antes de que lo criticaran, lo taparan, amenazaran con derribarlo o lo usaran como decorado de publicidades y protestas, fue una apuesta monumental.
El 3 de febrero de 1936, cuando Buenos Aires recordó el cuarto centenario del arribo de Pedro de Mendoza, Corrientes comenzaba a ensancharse y las trazas de Diagonal Norte y la 9 de Julio abrían paso a una nueva fisonomía urbana. En la intersección de esas avenidas, el intendente tucumano Mariano de Vedia y Mitre creó la Plaza de la República. Atilio Dell’Oro Maini -secretario de Hacienda municipal- tuvo la idea del monumento conmemorativo y le escribió al arquitecto tucumano Alberto Prebisch, representante de la estética racionalista que asomaba en las ciudades del siglo XX:
“Mi querido amigo Prebisch, con motivo de la próxima terminación de la Plaza de la República, he propuesto al Intendente una idea que él ha recogido con todo entusiasmo. Se trataría de erigir en el centro de esa plaza un obelisco… Como no deseo abandonar mi proyecto que me parece realmente bueno, me gustaría conversar con usted y pedirle su inteligente opinión para mejor realizarlo”

La forma elegida estaba cargada de siglos: un obelisco, un rayo de piedra encendido en la memoria de Egipto. En los templos del Nilo, las agujas gemelas custodiaban los pórticos, rematadas por una pirámide que recogía la luz. Era la geometría pura, la vertical absoluta, la promesa de unión entre el cielo y la tierra. Con el tiempo, esas columnas viajeras alcanzaron Roma, París y Londres. Cambiaron de idioma, no de vocación. En Buenos Aires, aquel impulso antiguo tomó cuerpo en una idea moderna.
El decreto municipal habilitó a Prebisch, que se puso manos a la obra. Los trabajos comenzaron el 19 de marzo. Ciento cincuenta y siete obreros se turnaban día y noche. El material, hormigón armado, luego revestido con mil trescientas sesenta lajas de piedra blanca, traídas de las canteras cordobesas de Olaen. El presupuesto, doscientos mil pesos. El objetivo, llegar a los festejos del 25 de Mayo.
Lonas y andamios ocultaron el ascenso de la estructura mientras el debate crecía alrededor. Algunos veían un homenaje indigno de mil toneladas de cemento y reclamaban mármol o bronce. El teatro de revista no tardó en llevar el asunto al escenario con títulos que hablaban por sí solos: “Sofanor se volvió bizco contemplando el obelisco” y “Le tiran con gran empeño al obelisco porteño”. Un concejal llegó a presentar un proyecto para demolerlo antes de que se terminara.

A esa altura nació una de sus leyendas. Se cuenta que el jefe de máquinas de la constructora Siemens Bauunion, temeroso de futuras demoliciones, empotró en la cúspide una caja de hierro con una foto matrimonial y una carta dirigida a los hombres que algún día intentaran derribarlo. Pese a los rumores y las quejas, la obra siguió su curso. El 15 de mayo, al retirarse las lonas, la línea vertical se recortó en el cielo con sus cuatro ventanas orientadas a los puntos cardinales. No faltaron pronósticos de desastre: muchos aseguraban que la primera sudestada lo haría caer. El veredicto llegó el 21 de mayo, cuando un temblor sacudió la ciudad. Una multitud se acercó a la Plaza de la República para comprobar si el monumento seguía en pie. Y allí estaba: firme, silencioso, con sus doscientos dos escalones interiores y el pararrayos en la cima.
El 23 de mayo se celebró la inauguración con banda, Himno, escolares, palomas, discursos, banquete oficial y baile popular en ocho pistas alrededor del monumento y sobre varias cuadras de Corrientes. El gobierno de la Capital aprovechó para resaltar la hazaña técnica: el Obelisco de Washington, de 174 metros de altura, había tardado treinta y seis años en completarse y a un costo de 1.300.000 dólares —unos diez millones de pesos de la época—. El de Buenos Aires, de 67 metros y medio, se alzó en menos de sesenta días y costó doscientos mil pesos. Una economía ejemplar para una obra que, con el tiempo, se volvió emblemática.

Pero los obstáculos no habían terminado. El 13 de junio de 1939, el Concejo Deliberante votó su demolición inmediata a raíz de la caída de algunas lajas del revestimiento, consideradas un peligro para los peatones. El intendente Arturo Goyeneche vetó la ordenanza y el Poder Ejecutivo Nacional ratificó la decisión. El monumento se quedó. Aunque se ordenó retirar el revestimiento, tarea que demandó más de cinco meses: el doble del tiempo que había llevado construirlo. Sin adornos ni ropaje, el Obelisco siguió su camino y terminó imponiéndose por su propia desnudez. Décadas después, sería incorporado al patrimonio afectivo de la ciudad.
Desde entonces, se volvió punto de encuentro que no requiere cita previa. Acumuló vigilias, festejos, anuncios y silencios. Aprendió la voz del fútbol y la entonación de la protesta; recibió moños, condones, colores; fue pantalla y tribuna. Nadie marcó el día en que empezó a ser símbolo, pero ya en los sesenta aparecía en afiches y postales; en los setenta, en movilizaciones; en los ochenta, en espectáculos multitudinarios; en los noventa, en intervenciones que probaron su ductilidad. Hoy es faro urbano y kilómetro cero sentimental: la aguja que mide, más que distancias, la vida de la ciudad.