Casi cuarenta años midiendo el país, obra por obra, con teodolito y cinta primero, con satélites y drones después. Juan Carlos Llarrull encontró en la agrimensura un oficio sacrificado y apasionante.
REDACCIÓN ROGGIO FUTURO

El ingeniero Juan Carlos Llarrull (*) lleva casi cuatro décadas en Roggio, y  se desempeña como agrimensor: una tarea que combina técnica, intuición y una presencia constante en cada obra, desde el primer trazo hasta el cierre. 

Hay oficios que no buscan protagonismo. Permanecen, más bien, en los márgenes de la escena, con una hoja de ruta particular: llegar antes que todos, retirarse cuando el ruido ya se ha apagado y, en el medio, sostener (con una precisión quirúrgica) la posibilidad misma de que algo exista. La agrimensura pertenece a esa estirpe.

P:  ¿Por qué eligió este camino?

JCL: En realidad yo empecé con Ingeniería Civil… llegué hasta cuarto año. Pero no me llenaba. Ahí es cuando empiezo con esta rama, la agrimensura. Y me fui apasionando de esta profesión, que me gusta mucho. La agrimensura es una profesión sacrificada. Hay que soportar el clima, la distancia, la ausencia.  Hay que estar. Pero es una profesión muy linda. A mí me gusta.

Antes de recibirse ya estaba trabajando. “Son casi cuarenta años en la empresa” dice con una mezcla de sorpresa y pertenencia. En su hogar, cuenta Juan Carlos, su familia se ríe cuando habla de Roggio como de una segunda casa. Pero no es una exageración: él la considera como tal. Recuerda su primer día con una precisión que no es técnica sino emocional. Llegó solo, con miedo, a una planta compresora de gas. Un topógrafo, Pedro Juárez, lo acompañó: “me explicó todo”. Al día siguiente ya no hubo guía. Su primera obra fue un gasoducto. No la recuerda como difícil, sino como exigente. “Todo estaba a la décima de milímetro. Yo veía esos planos y pensaba: ¿cómo logro esta precisión?”, cuenta. En aquel entonces, el trabajo se hacía con teodolito y cinta. Hoy, en cambio, se apoya en satélites y drones. El cambio no fue brusco sino gradual, casi pedagógico. 

En el relato de Juan Carlos aparece constantemente la figura del topógrafo de obra. Llarrull se inclina apenas hacia adelante cuando habla de ellos, como si quisiera subrayar una deuda. Esta disciplina combina muchas horas de campo y estudios. 

P: ¿Qué le enseñaron?

JCL: Son muy prácticos. Nosotros conocemos la teoría, pero en el campo… a veces patinamos. Ellos simplifican. Resuelven.

Entre teoría y práctica, entre cálculo e intuición, Juan Carlos encuentra el corazón de su oficio. Porque, contra lo que podría suponerse, la precisión no excluye la creatividad. La exige. Entonces, describe una escena: una estructura que debe montarse sobre insertos perfectamente ubicados. Una grúa que no admite errores. “Ahí es donde uno piensa, inventa, prueba cómo lograr esa exactitud”, dice. No hay margen para el desvío, pero sí para el ingenio.

Entre 1995 y 2000 formó parte de un momento singular dentro de la empresa: la creación del departamento de agrimensura, junto a Armando Del Bianco. Después vino el cierre del área, en 2001. Y el regreso a las obras, a la ruta, a los años lejos de casa. No lo dice con pesar. Más bien como quien acepta las reglas del juego que eligió jugar. Recorrió el país sin llevar la cuenta de las obras. No le interesa el número. Prefiere la experiencia acumulada en cada una. “Todas te enseñan”, afirma. Y en esa frase hay algo de credo.

“Hace casi 40 años que estoy en Roggio, es mi segunda casa. Conocí a muchísima gente. Entré soltero, un año antes de casarme, no tenía hijos, ahora tengo nietos. ¡Mirá si no lo voy a considerar mi segunda casa! Lo tengo muy arraigado. Pasé por todo, por muchísimas obras de la empresa…”, cuenta. Al ‘Turco’ se le llenan los ojos de lágrimas, aunque intente disimularlo, cuando habla de su familia. “Yo les doy mil gracias, porque me bancaron”, expresa y se acuerda de su esposa Griselda, de sus hijas Nadia y María Gracia, de su hijo Fabricio, y de sus debilidades: sus nietos Martiniano y Rufina.

Aunque ya está jubilado, sigue activo. Presente en la Sede Central y apoyando en las obras, colaborando, asesorando, viajando cuando hace falta. No quiere pensar en el retiro definitivo. 

Mientras habla, mueve la lapicera, acomoda el plano que tiene en la mano: “no sé hasta cuándo voy a estar, pero no va a ser mucho tiempo más”

P:  ¿Piensa en ese día?

JCL: No lo quiero ni pensar. Porque yo me siento bien, joven y con ganas.

(*) El Ing. Juan Carlos Llarrull es Jefe de Topografía en Benito Roggio e Hijos SA.

Suscribite a nuestro newsletter

Recibí toda la información en tu mail, completando el formulario y no te pierdas ninguna actualización.

¡Suscribite a nuestro Newsletter!

Las más leídas

Temas relacionados

Suscribite a nuestro newsletter

Enterate de todas nuestras novedades completando el formulario con tu mail.

¡Suscribite a nuestro Newsletter!