Por Agustín Mario Giménez (*)
Cada vez que alguien me pregunta por la inteligencia artificial, la conversación arranca en el mismo lugar: robots, películas, un futuro lejano que da un poco de miedo. Y cada vez respondo lo mismo: la IA que importa no es esa. No tiene cuerpo, no camina y no planea dominar el mundo. Está en la empresa de al lado, procesando facturas, contestando consultas, escribiendo borradores, editando videos. Ya trabaja acá.
Los números locales lo confirman. Una encuesta nacional elaborada por el CEPE de la Universidad Di Tella y Fundar sobre 402 pymes argentinas encontró que el 41,6% ya utiliza al menos una tecnología de inteligencia artificial, y que entre las que todavía no lo hacen, casi la mitad considera probable incorporarla en los próximos dos años. Otro estudio, de la Universidad Siglo 21, va más allá: tres de cada cuatro empresas argentinas ya delegaron en la IA tareas que antes hacía una persona. No es una proyección a diez años: es la foto del país en el que ya estamos trabajando.
Qué es (y qué no es) la IA de hoy
Conviene bajar el concepto del pedestal. Un sistema de inteligencia artificial es, en esencia, un programa que aprende patrones a partir de cantidades enormes de datos. En lugar de seguir reglas escritas una por una por un programador, deduce las reglas mirando ejemplos. Millones de ejemplos.
Durante décadas, eso sirvió para tareas acotadas: recomendar una película, detectar un fraude, ordenar las publicaciones de una red social. Lo que cambió en los últimos años es la aparición de la IA generativa, sistemas capaces de producir texto, imágenes, voz y video nuevos a partir de una instrucción escrita en lenguaje común. Esa diferencia, que suena técnica, explica por qué la IA salió de los departamentos de sistemas y se metió en todas las oficinas: hoy no hace falta saber programar para usarla. Se le pide en español y responde.
Esa accesibilidad es el verdadero punto de quiebre. La herramienta se volvió masiva a una velocidad que sorprendió incluso a la industria tecnológica, y eso genera una sensación inédita: llegó antes de que terminemos de entenderla. Por eso conviven, a veces en la misma empresa y hasta en la misma persona, el entusiasmo y el vértigo.
La IA no reemplazó al equipo: lo reconfiguró. Seguimos necesitando dirección de arte, criterio narrativo, alguien que sepa exactamente qué pedirle a la herramienta y, sobre todo, alguien capaz de distinguir lo bueno de lo mediocre entre cien opciones que la máquina genera sin cansarse.
El día que mi oficio cambió
Lo cuento desde mi experiencia. Dirijo Out Of The Box, un AI Studio de Buenos Aires con el que producimos comerciales, fotografía de producto, avatares digitales y voces sintéticas, y soy co-fundador de HG, un AI Agency. En el modelo tradicional, una pieza publicitaria implica semanas de preproducción, locaciones, equipos, rodaje y una posproducción larga. Con inteligencia artificial, procesos que tomaban meses se resuelven en días.
Un caso lo cuenta mejor que cualquier teoría. Cuando empezamos a trabajar con Bayer, tenían un video realizado en Estados Unidos y muy poco tiempo para adaptarlo a los mercados argentino y chileno. Les propusimos tropicalizarlo: replicar la pieza pero con todo lo característico de Buenos Aires y de Santiago de Chile, personas locales, escenografía real, el subte de una ciudad y el metro de la otra, cada detalle distintivo. Y hacerlo en menos de un mes. Nos miraron con cara incrédula. La pieza se hizo, se aprobó con todas las regulaciones que exigen los sistemas de salud de cada país y terminó viéndose en televisión y en redes. Un caso de éxito que muestra lo que puede la tecnología cuando se combinan años de entrenamiento y múltiples herramientas trabajando juntas.
Podría quedarme en la anécdota comercial, pero lo interesante es lo que ese cambio revela sobre el trabajo. La IA no reemplazó al equipo: lo reconfiguró. Seguimos necesitando dirección de arte, criterio narrativo, alguien que sepa exactamente qué pedirle a la herramienta y, sobre todo, alguien capaz de distinguir lo bueno de lo mediocre entre cien opciones que la máquina genera sin cansarse. El oficio no desapareció: se corrió de lugar. Antes, buena parte del valor estaba en operar la cámara; hoy está en la mirada de quien decide qué imagen cuenta la historia.
Este año nos pasó algo que ilustra el momento que vive la industria: en Creativity 100, un encuentro de la industria creativa realizado en México, recibimos el premio a la innovación siendo la única productora entre 17 agencias participantes. No lo menciono por el premio en sí, sino por lo que significa: la producción con inteligencia artificial dejó de ser una rareza experimental y pasó a discutirse de igual a igual con los modelos tradicionales.
Lo que pasa en una industria pasa en todas
Lo que vivimos en el mundo audiovisual se repite, con matices, en cada sector: cambian los plazos, cambian los costos, cambia el perfil de la gente que se necesita. Pero la adopción es despareja. El mismo país donde tres de cada cuatro empresas ya automatizaron tareas convive con una industria manufacturera donde, según un relevamiento de Accenture y la Unión Industrial Argentina, apenas el 27% usa inteligencia artificial para mejorar procesos o tomar decisiones. La brecha casi nunca es tecnológica: las herramientas están disponibles y muchas son gratuitas. Es una brecha de conocimiento. Falta saber qué puede hacer la IA por cada negocio concreto y cómo medir su retorno.
Hay otro dato del estudio de la Universidad Siglo 21 que me parece el más revelador de todos: el 80,5% de las empresas argentinas no tiene una metodología definida para repartir tareas entre personas y máquinas. Dicho de otro modo: la IA ya entró, pero todavía estamos decidiendo dónde se sienta. Esa es la foto real de 2026, bastante más interesante que cualquier escena de ciencia ficción. Una tecnología potentísima, adoptada más rápido de lo que las organizaciones pueden digerirla.
La pregunta que viene
La pregunta que más escucho es si la IA nos va a sacar el trabajo. Entiendo por qué se hace, pero creo que está mal formulada. Lo que la tecnología viene haciendo desde siempre no es eliminar el trabajo: es eliminar tareas y redistribuir el valor. Lo veo en mi propia industria: la inteligencia artificial no terminó con la producción audiovisual, terminó con una forma de producir. Y en el mismo movimiento volvió más valioso lo que la máquina no trae de fábrica: el criterio, el contexto, el gusto, la capacidad de hacer buenas preguntas y de evaluar respuestas.
Por eso, la conversación que vale la pena dar en cada organización, y también en cada casa, no es si dejar entrar a la inteligencia artificial, porque ya entró. Es qué tareas le delegamos, qué nos reservamos y qué necesitamos aprender para que la herramienta juegue a favor. La IA ya trabaja acá. La decisión sobre cómo trabajamos nosotros con ella sigue siendo, por ahora, completamente humana.
(*) Agustín Mario Giménez es especialista en inteligencia artificial, marketing deportivo y negocios digitales. Es CEO de Out Of The Box, un AI Studio, y co-fundador de HG, un AI Agency, desde donde produce campañas y piezas audiovisuales con inteligencia artificial para marcas líderes. Es owner de Freelato, su proyecto más tangible: una heladería artesanal 100% libre de gluten. Conduce Club Atlético Negocios (Ahora Play) y co-conduce “IA Tú Sabes”, un podcast sobre inteligencia artificial. Colabora habitualmente en medios como El Cronista, La Nación y NOW, y participa con charlas exclusivas en programas ejecutivos y MBAs de casas de estudio como UTDT, San Andrés, Austral, UADE, UP, UB y UBA.